Ir al contenido principal

Umbra

La grisácea superficie donde se encontraban invitaba a seguir la caminata.  Abuelo y nieto se deleitaban admirando la oscura inmensidad de la bóveda celeste, rasgada de vez en cuando por el fugaz centelleo de un meteoro furtivo.  El anciano, agradecía el que aquella enorme y transparente cúpula que cubría a la ciudad, no se empañara nunca y así poder seguir admirando la belleza de aquel espacio infinito.  El niño, embelesado, trataba de contar cuantas estrellas alcanzaba a ver.  De pronto, su curiosa mirada se detuvo en la rojiza brillantez de un cuerpo estelar que le ganaba en tamaño a los demás.
-¿Por qué está rojo? – preguntó el niño, señalando hacia arriba.
-Ah, te refieres a Umbra.  Ese es nuestro satélite, y el color es debido a que toda su corteza y las capas profundas se desprendieron cuando sucedió la gran hecatombe, quedando sólo su núcleo, que es muy caliente.  Es como un pequeño sol.
-¿Qué es hecatombe?
-Una hecatombe es una terrible catástrofe.  Eso fue lo que ocurrió con Umbra.  Hace mucho tiempo, casi un milenio atrás, era un planeta hermoso, lleno de vida y de muchos habitantes.  Éstos eran muy inteligentes, pero la ambición y las ansias de poder embargaron a muchos, trayendo como consecuencia su autodestrucción.  Algunos, los más privilegiados, pudieron escapar a otros mundos, así como éste en donde nos encontramos ahora.  Nuestros ancestros son originarios de allí, y es posible que nosotros carguemos con esa semilla de la discordia.  Ojalá que todavía nos falte mucho para terminar como ellos, los extintos pobladores de Umbra.  Mi padre me contaba que los antiguos llamaban a ese mundo: Tierra, el planeta azul.
El niño tomó de la mano al abuelo y con un gesto triste en su mirada le indicó que quería irse.  A paso lento, retomaron el camino a casa, una pequeña vivienda ubicada en una de las blancas y asépticas edificaciones que se asentaban en la periferia de aquella metrópolis lunar, enclavada en las pálidas arenas del Mar de la Tranquilidad.

Cuento publicado en la revista digital miNatura #119

Comentarios

Entradas populares de este blog

Aguafuerte. Un cuento de Rubén Darío

De una casa cercana salía un ruido metálico y acompasado. En un recinto estrecho, entre paredes llenas de hollín, negras, muy negras, trabajaban unos hombres en la forja. Uno movía el fuelle que resoplaba, haciendo crepitar el carbón, lanzando torbellinos de chispas y llamas como lenguas pálidas, áureas, azulejas, resplandecientes. Al brillo del fuego en que se enrojecían largas barras de hierro, se miraban los rostros de los obreros con un reflejo trémulo. Tres yunques ensamblados en toscas armazones resistían el batir de los machos que aplastaban el metal candente, haciendo saltar una lluvia enrojecida. Los forjadores vestían camisas de lana de cuellos abiertos y largos delantales de cuero. Acanzábaseles a ver el pescuezo gordo y el principio del pecho velludo, y salían de las mangas holgadas los brazos gigantescos, donde, como en los de Anteo, parecían los músculos redondas piedras de las que deslavan y pulen los torrentes. En aquella negrura de caverna, al resplandor de las llamar...

El vaquero que no mentía jamás. Un cuento de Alfred de Musset

Había una vez un hombre que poseía un gran hato de vacas. Cuidaba de este un pastor que tenía la reputación de decir siempre la verdad. Un día que el pastor bajó de la montaña, el patrón le preguntó:   -¿Cómo siguen las vacas?  -Unas rollizas y otras flacas.  -¿Y el semental?  -Gordo y espléndido.  -¿Y los pastos?  -Verdes por unos lados y secos por otros.  -¿Y el agua de los arroyos?  -Turbia aquí, limpia allá.  Un día el propietario se dirigía al pastizal. Por el camino encontró a uno de sus amigos que también iba a ver su rebaño.  -¿Por qué llaman a tu vaquero «el hombre que no miente jamás»?  -Porque no ha dicho jamás una mentira.  -Yo lo haré decir una.  -Eso es imposible.  -¿Qué te apuestas?  -La mitad de nuestras fincas.  -Trato hecho.  El amigo del patrón empleó todos los medios posibles para hacer mentir al vaquero. Un día fue a cazar a un lu...

Wood´stown. Un cuento de Alphonse Daudet

El emplazamiento era soberbio para construir una ciudad. Bastaba nivelar la ribera del río, cortando una parte del bosque, del inmenso bosque virgen enraizado allí desde el nacimiento del mundo. Entonces, rodeada por colinas, la ciudad descendería hasta los muelles de un puerto magnífico, establecido en la desembocadura del Río Rojo, sólo a cuatro millas del mar. En cuanto el gobierno de Washington acordó la concesión, carpinteros y leñadores se pusieron a la obra; pero nunca habían visto un bosque parecido. Metido en el centro de todas las lianas, de todas las raíces, cuando talaban por un lado renacía por el otro rejuveneciendo de sus heridas, en las que cada golpe de hacha hacía brotar botones verdes. Las calles, las plazas de la ciudad, apenas trazadas, comenzaron a ser invadidas por la vegetación. Las murallas crecían con menos rapidez que los árboles, que en cuanto se erguían, se desmoronaban bajo el esfuerzo de raíces siempre vivas. Para terminar con esas resistencias don...