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Sincronía

Ellos no debían enterarse que había encontrado la caja.  Ni él pudo imaginar siquiera que estaría en el lugar menos esperado.  Ahí, justo donde el tiempo se detiene una mínima fracción de segundo para descansar de su eterno avanzar.  Allí en la cúspide de la montaña más alta de la tierra, donde vivió el último anacoreta se hallaba lo que buscaba por siglos.  No fue fácil encontrarla.  Tuvo que actuar con el más denso sigilo, nadie debía saberlo; luchar en cruenta batalla contra los embates del destino y esquivar con destreza las artimañas del olvido.  La voz de un sabio sin nombre le dijo que sólo con el tiempo tendría aquello que anhelaba.  Y tenía razón.  Ahora estaba ahí frente a ella, siendo seducido por el tenue resplandor de su metálica superficie.  Debía ser otro ser humano, aquella legendaria mujer, la que en su debido momento abriera sus primigenios secretos; pero el tiempo le había dado a él ese privilegio regalándole aquella fracción de segundo y ahora cambiaría la historia, el mundo se lo merecía. 
Aprovechando aquel instante fugaz, abrió la caja con un certero movimiento.  De pronto, un fulgor incandescente lo envolvió por completo, obligándolo a cubrirse los ojos.  Cuando por fin todo acabó y pudo abrirlos, se dio cuenta que la caja había desaparecido.  Estupefacto, vio que sus brazos eran delgados, arrugados y llenos de manchas.  Estaba tan débil que cayó de rodillas.  Se percató, con sorpresa, que una blanca y larga barba le cubría el pecho llegándole hasta la cintura.  Ahora, era un anciano decrepito e inevitablemente estaba agonizando.  El tiempo, implacable, le había cobrado con creces su osadía.  Lentamente, se acostó en el brumoso suelo, preguntándose si esta vez la esperanza sí se había atrevido a salir de la caja.

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