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El designio

Un oscuro presagio le quitó el sueño a Libia, era como una bruma siniestra que se enredaba en su cerebro, invadiéndolo por completo. Aquel súbito despertar la llenó de incertidumbre.   Ya eran varios los días que llevaba así, agobiada por tanta angustia, que le interrumpía el sueño constantemente. Empezaba a pensar que ese pesimismo que la asediaba traería alguna consecuencia.   Se reprochó su acostumbrada tendencia a la fatalidad y se santiguó. Miró hacia la cama donde dormía Julia, su hija de doce años.   Estaba vacía.   Extrañada, se levantó con rapidez.   La niña no tenía clases hoy, no necesitaba madrugar.   Miró su reloj de pulsera.   Eran las seis y media.   Se percató que la puerta de atrás, la que daba al patio, se encontraba abierta. Afuera se escuchaba un ligero rumor de hojas secas.   El viento silbaba lúgubre, estremeciendo el techo de hojas de zinc.   Fue a asomarse, y ahí la vio.   Estaba bajo el palo de mango. ...

A escondidas

El estrépito del jarró n al romperse pareció remover toda la casa hasta los cimientos.  No sabía por qué había sonado tan fuerte.  Ahora su madre la castigaría.  No quería que lo hiciera.  Casi siempre era con unos fuertes correazos que le dejaban las piernas todas moradas.  Debía esconderse.  Era lo único que podía hacer. ¡Ofelia! La escuchó gritar su nombre desde la cocina.  Rápidamente, subió las escaleras y entró en su habitación.  Su madre seguía gritando. ¡Cuantas veces te he dicho que no juegues dentro de la casa! Eres una niña malcriada. Ya verás cuando te agarre.  Oyó sus pasos subiendo por las escaleras y se asustó.  Quiso meterse dentro del armario.  Pero lo pensó mejor.  No le gustaba ese armario.  Era enorme y sombrío, como un ogro de pesadilla.  Además por las noches se sentían ruidos extraños salir de ahí.  Y no eran ratas.  En esta casa no había ni cucarachas.  Todos esos bichos le te...

La mano. Un cuento de Guy de Maupassant

Estaban en círculo en torno al señor Bermutier, juez de instrucción, que daba su opinión sobre el misterioso suceso de Saint-Cloud. Desde hacía un mes, aquel inexplicable crimen conmovía a París. Nadie entendía nada del asunto. El señor Bermutier, de pie, de espaldas a la chimenea, hablaba, reunía las pruebas, discutía las distintas opiniones, pero no llegaba a ninguna conclusión. Varias mujeres se habían levantado para acercarse y permanecían de pie, con los ojos clavados en la boca afeitada del magistrado, de donde salían las graves palabras. Se estremecían, vibraban, crispadas por su miedo curioso, por la ansiosa e insaciable necesidad de espanto que atormentaba su alma; las torturaba como el hambre. Una de ellas, más pálida que las demás, dijo durante un silencio: -Es horrible. Esto roza lo sobrenatural. Nunca se sabrá nada. El magistrado se dio la vuelta hacia ella: -Sí, señora, es probable que no se sepa nunca nada. En cuanto a la palabra sobrenatural que acaba de em...

Avidez

La tranquilidad del bosque nocturno se vio interrumpida por una aparición abominable.  Su clamoroso rugido rasgó el silencio impasible, al tiempo que sus encendidos ojos buscaban cualquier presa para calmar aquel ansia que le removía las entrañas.  Cerca de ahí, la bestia pudo ver luz en una pequeña cabaña medio escondida entre los matorrales.  Con sigilo se acercó entre la oscuridad, acompañada del gruñir desesperado de sus tripas.  Observó a través del vidrio de la ventana que una chica joven, casi una niña, atizaba el fuego en la chimenea.  Salivó profusamente al imaginar aquella tierna carne entre sus dientes. La jovencita levantó la vista del fuego al escuchar que tocaban en la puerta.  Se acercó y preguntó que quién era, al no recibir respuesta trató de ver por la ventana, pero no alcanzó a distinguir cosa alguna.  De nuevo se escucharon los toquidos.  Ésta vez alguien dijo: “Abre.” La mirada de la chica cambió, algo brilló en su interior,...

El vaquero que no mentía jamás. Un cuento de Alfred de Musset

Había una vez un hombre que poseía un gran hato de vacas. Cuidaba de este un pastor que tenía la reputación de decir siempre la verdad. Un día que el pastor bajó de la montaña, el patrón le preguntó:   -¿Cómo siguen las vacas?  -Unas rollizas y otras flacas.  -¿Y el semental?  -Gordo y espléndido.  -¿Y los pastos?  -Verdes por unos lados y secos por otros.  -¿Y el agua de los arroyos?  -Turbia aquí, limpia allá.  Un día el propietario se dirigía al pastizal. Por el camino encontró a uno de sus amigos que también iba a ver su rebaño.  -¿Por qué llaman a tu vaquero «el hombre que no miente jamás»?  -Porque no ha dicho jamás una mentira.  -Yo lo haré decir una.  -Eso es imposible.  -¿Qué te apuestas?  -La mitad de nuestras fincas.  -Trato hecho.  El amigo del patrón empleó todos los medios posibles para hacer mentir al vaquero. Un día fue a cazar a un lu...

Las tr3s

Reunidas en la cima más elevada bajo el cielo infinito, y bañadas por una fantasmal luz de luna, tres hermanas debatían acaloradamente cuál era, en última instancia, la recompensa a su peculiar y laborioso trabajo.   Sus voces firmes, acompañadas de un hálito de otros tiempos, llegaban cada vez más lejos, más arriba de los brillantes astros, donde sólo los sempiternos podían escucharlas. —No sé por qué son tan desagradecidas, por lo menos tenemos en qué ocupar nuestras monótonas vidas. — dijo una, mientras hilaba una larga y delgada hebra de lana en una rueca. —Monótona.   No me gusta esa palabra, suena raro. — exclamó, otra de ellas, tratando de medir dicha hebra con una vara. —Tú y tu manía con las palabras.   Estamos hablando de algo tan trascendental para nosotras y sales con eso. No hay derecho. — replicó, la mayor de las hermanas, severamente. —Trascendental.   Esa me parece… más o menos. —Y dale con lo mismo.   Por qué más bien no termin...

El nido de jilgueros. Un cuento de Jules Renard

En una rama ahorquillada de nuestro cerezo había un nido de jilgueros bonito de ver, redondo, perfecto, de crines por fuera y de plumón por dentro, donde cuatro polluelos acababan de nacer. Le dije a mi padre: -Me gustaría cogerlos para domesticarlos. Mi padre me había explicado con frecuencia que es un crimen meter a los pájaros en una jaula. Pero, en esta ocasión, cansado sin duda de repetir lo mismo, no encontró nada que responderme. Unos días más tarde le dije de nuevo: -Si quiero, será fácil. En un primer momento pondré el nido en una jaula, colgaré la jaula en el cerezo y la madre alimentará a sus polluelos a través de los barrotes hasta que ya no la necesiten. Mi padre no me dijo qué pensaba de este sistema. Por lo tanto instalé el nido en una jaula, colgué la jaula en el cerezo, y lo que había previsto sucedió: los padres jilgueros, sin vacilar, traían a los pequeños sus picos llenos de orugas. Y mi padre, divertido como yo, observaba de lejos el ir y venir de los pájar...